Botellón: la nueva movilización
Esto del botellón está poniendo de los nervios a los adultos dirigentes. Pero no es por la salud de las nuevas generaciones. Que nadie se equivoque. Lo que estremece a nuestros responsables políticos es la capacidad de movilización de los jóvenes.
Ya sorprendieron a muchos (sobre todo, a algunos) las concentraciones vía sms ante las sedes del Partido Popular en las Elecciones pasadas. Todavía siguen buscando maquiavélicos urdidores con carné de partido. Van apañados. No encontrarán ninguna asociación, institución ni organización formal alguna, porque ya no son necesarias.
Aquel día 14 de marzo del 2004, como ocurrió ayer mismo, un grupo de personas comentó la iniciativa, les pareció interesante y comenzaron a enviar mensajes con sus móviles, foros, blogs y chats. Así de sencillo. Sin orden del día, ni acta de la reunión, ni organización convocante. Desde luego, toda una aberración para el orden establecido.
O sea, que miles de jóvenes pueden:
reunirse sin que la Administración pueda pedirle cuentas a nadie en particular;
hacerlo para compartir productos sin ánimo de lucrarse, en vez de consumirlos individualmente, más caros (y adulterados);
y organizarlo todo en la calle, en el espacio público, en vez de quedarse en sus casitas, jugando a la Play y viendo Salsa Rosa o, como mucho, dejándose la paga semanal en la discoteca para volver con sus papis igual de borrachos (o peor) a las tantas de la madrugada.
Claro, viéndolo así, hasta se comprende que todos los medios clamen al cielo por la salud pública y anuncien/promuevan altercados violentos: a ellos tampoco les conviene que la gente se organice sin pagar anuncios, ni divertirse sin encender la tele. Eso, sencillamente, no puede ser.
Así que, por el bienestar de la juventud, claro.




